Optimista

lunes, el 29. noviembre 2010, 13:07 por Inagotable

Siempre me había considerado un tipo afortunado, a pesar de todas aquellas cosas no tan maravillosas que me pasaban. Esta actitud me había reportado grandes beneficios aunque hubiese gente en este mundo que pensase lo contrario. Una de esas personas se encontraba sentada a mi lado tomando el sol con su bikini en el yate pequeño de su padre.

Esta persona, Bianca, de la que estaba profundamente enamorado, consideraba que el haberla conocido había sido la equivocación más grande de mi existencia. Sin embargo, yo le repetía una y otra vez lo contrario, algo que siempre le hacía sacar una sonrisa ahogada en una mueca de vergüenza mientras se mantenía cabizbaja.

Quizás por ello estábamos allí, en aquel barco, escuchando la brisa del mar y siendo mecidos por las olas del mar, difícilmente algo podría salir mal.

– ¿Te gustan los zapatos? – me preguntó mirándome a través de sus gafas de sol.

– Lo cierto es que sí, tendré que estirarlos un poco pero me gustan, son muy…italianos.

Retiró sus gafas de sol y posó sus ojos azules sobre los míos mientras aderezaba su cabellera negra.

– No soy bueno interpretando las intenciones de los demás…- empecé a decir.

– Sin duda las indirectas no son tu fuerte – su voz sonó compasiva.

– Aun así sé que hay algo que quieres decirme y no te preocupes por mi, simplemente suéltalo y acabemos con esta tensión.

Quedé con la mirada expectante, viendo como humedecía sus carnosos labios al tiempo que intentaba buscar las palabras correctas para aquello que me tenía que decir.

– Desde que nos conocimos siempre me has mencionado cómo la suerte siempre te ha sonreído y que por ello me habías encontrado, – se tomó una pausa y tomó aire antes de continuar – pero no hay duda de que ahora estás jodido. Mi padre te detesta, no de la misma forma que con el resto de la humanidad, no, contigo es un odio más intenso, tanto que sería capaz de emplear todos los medios a su alcance y perder todo lo que ha ganado en sus 50 años como para hacerte sufrir la más escabrosa y dolorosa muerte jamás imaginada por el hombre.

– Sé que tu padre es alguien difícil, con un carácter fuerte forjado por años de duro trabajo en las calles, pero no dudo que con el tiempo y con mi buen hacer hacia ti, cambie de opinión y me trate con uno más de la familia.

– No lo entiendes, mi padre te detestaba tal como te he descrito mucho antes de que supiese que te acostabas conmigo, ahora la cosa ha empeorado un poco más – aquello lo dijo con un pequeño gesto de dolor.

– Entiendo…supongo que es el motivo por el que hoy nos acompañan los escoltas de tu padre – le dije mientras miraba aquellos tipos cuadrados y trajeados con aspecto protocolario.

– Sí, pero no quiero que malinterpretes esto, porque te sigo queriendo como a nadie en este mundo – me besó en los labios con pasión contenida.

– Lo sé…

En ese instante  los tipos de negro me levantaron por los brazos, me arrastraron hasta el borde del yate y me tiraron al mar mientras veía como mi querida Bianca me despedía con la mano.

– Pasaré a recogerte – fue lo último que dije antes de que el bloque de cemento adherido a mis pies me hundiese en el agua.

A la vez que descendía pensaba en lo posesivo que era el padre de Bianca y lo mucho que me estaba complicando las cosas, pero era de prever que, en un camino de rosas, siempre encuentras alguna espina o, al menos, algo así me quiso contar Toni antes de que le explicase en qué consistía la amistad.

De todos modos, volvía a estar de suerte de nuevo en esa misma semana bajo tan similares circunstancias, pues el cemento italiano empezó a ceder, quizás por el agua del mar, el potente sudor de mis pies o por una mala mezcla del mismo. Y es que la mafia ya no es lo que era.

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Bajo el agua

lunes, el 13. julio 2009, 09:46 por Inagotable

Aquella noche caí al agua y el mundo enmudeció. Mis ojos se fueron entornando hasta cerrarse por completo, mi mente se desvaneció aletargada en la inmensidad del océano, en su silenciosa armonía, mientras el agua salada sepultaba mi cuerpo en un abrazo de profunda oscuridad.

El lastre agarrado a mi cintura me arrastraba lentamente al fondo, pero no me importaba, me hallaba embriagado por la sensación de estar a merced de mi propia suerte sin tener la necesidad de intervenir, sólo me tenía que dejar llevar. Toqué fondo a pocos metros, pero la oscuridad y las turbias aguas parecían evocar el confín del mundo.

Noté que de mi cabeza brotaba la sangre de una herida. Entreabrí los ojos y allí estaba mi rojizo plasma mezclado como un tinte para toda aquella agua. Y fue entonces cuando algo me arañó bruscamente las piernas, como si algo hubiese querido tirar de mi y lo único que fui capaz de discernir fue una gran sombra agitando violentamente el entorno.

En un esfuerzo por intentar sobreponerme a la dulzura y el descanso en el que me hallaba, pude discernir a unos metros la figura de una grácil mujer que se desplazaba alrededor de mi rápidamente agitando sus piernas. En una fracción de segundo, ante mi total desconcierto, nuestras miradas se cruzaron y me habló sin mover sus labios, sin que nada me llegase al oído, simplemente entendí a través de su rostro enturbiado por la oscuridad y su largo cabello ondeante.

Aquel ser que parecía haber estado esperándome allí desde siempre para decirme aquello que sólo mi mente supo escuchar, alargó su brazo hacia mi, tocó con su índice en mi pecho y el lastre que llevaba enredado en mi cintura cayó, levantando una cortina de arena proveniente del fondo tras la cual ella se desvaneció.

En aquel momento, tras una sacudida de mi cuerpo, empecé a sentir el helor del agua y el galopante corriente sanguíneo que retumbaba en mi cabeza me hizo reaccionar con ímpetu, algo que ayudó a que mi mente se despejara y a que abriera los ojos por completo. La fuerza regresó a mi cuerpo a golpe de adrenalina al igual que mis deseos de salir de aquel lugar, por lo que nadé con todas mis fuerzas hacia la superficie siendo consciente de que posiblemente me ahogase en el intento.

Pero fui capaz de llegar, de aferrarme a la madera del muelle con mis uñas y asomar la cabeza para coger el aire que tan abundante me pareció en su día. Salí del agua a rastras y aun exhausto me erguí, recogí la tubería con la que había sido golpeado que aun conservaba mi propia sangre. Anduve algunos metros hacia la embarcación que aun no había zarpado y aquel que había sido mi amigo hasta hacia poco se sorprendió de verme allí, de pie, chorreando de agua, con la cara ensangrentada y sosteniendo una tubería de manera desafiante.

– Te voy a contar una historia, pero no creo que te guste cómo acaba – le dije antes de terminar lo que él había empezado.

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